Con Pablo del Pino Sansegundo estamos ante un artista que ha ido definiendo una propuesta rigurosa y personal asumiendo los valores de la vanguardia y del clasicismo.
La exposición que mostramos recoge un conjunto de dibujos recientes en los que su obra se torna más reflexiva y se enriquece con las influencias de un universo complejo y alegórico, que invita a una lectura más trascendente de su trabajo.
Un análisis detenido de sus dibujos nos permite comprobar el interés de sus composiciones, las sugerencias de su personal iconografía y la riqueza visual que aportan los elementos geométricos junto a una línea fluida, todo ello utilizado para realzar la pasión, la ironía y la gran carga simbólica que contiene este conjunto de dibujos.
A través de una selección llevada a cabo de obras correspondientes a diferentes series se puede realizar un amplio recorrido por la imaginación creadora del artista.
"Francamente, hoy en día, sin una teoría que me acompañe, no puedo ver un cuadro", se quejaba amargamente un conocido crítico de Arte al periodista y escritor Tom Wolf, y no le faltaba razón. Se ha escrito tanto, de forma tan opaca y a veces tan disparatada, que la simple emoción estética de admiración ante una obra de arte se ha convertido en un extraño vaho sólo propicio para la garganta de los dioses. Muchos han intentado surtir las enormes y abisales cataratas de la ignorancia con unas gotas bastante caras de cianuro marca élite y por eso ha ocurrido lo que tenía que ocurrir: que la palabra y la pintura se han devaluado de manera indisociable y que una buena parte del arte moderno se ha convertido indefectiblemente en literario. Y así nos pasan las cosas que nos pasan.
¿Es esto algo bueno y excelso o malo y catastrófico? No esperen que la pintura, como la poesía, aclare malentendidos y ofrezca certezas. Simplemente sucede y habrá que guarecerse de los acontecimientos para mejor observarlos. Este retorno a lo figurativo combinado con la abstracción poética que ya se viera en el siglo pasado en Europa y después en Estados Unidos, pasando de puntillas como casi siempre por España, carece aún de la suficiente narrativa. Quizás sea ello síntoma de supervivencia. Sólo que si en aquel viejo continente y en la nueva América parecían repetir ese anhelo que viene ya de antiguo entre la palabra coloreada y la pintura de la poesía, muy pocos alcanzaron a fundir esta belleza. Por fortuna, unos pocos siguen abonando esta fértil estela en lo contemporáneo como hicieron los precursores: Miguel Ángel era tan colosal en sus sonetos como en sus frescos, los apuntes gráficos de Victor Hugo valen tanto como su lírica y en los albumes de Galdós encuentra uno tanta fecunda clarividencia y sordidez como en sus escritos. En otros tiempos y en otros lares también se intentó -con desigual resultado- y así los dibujos de Goethe anticipan el impresionismo moderno y más recientemente Rafael Alberti mojaba también su pincel en la atmósfera oreada donde genialmente transpiraba su amigo Pablo Picasso, de quién prologó varias exposiciones desde su mutuo exilio y a quién se aproxima de una manera aún poco conocida y reconocida.
En la obra de Pablo del Pino, que tuvo el privilegio de navegar por estos procelosos océanos madrileños con el poeta del Puerto de Santa María, se aprecia como él también teme al azul porque le pone verde y como en su obra predomina ese aire chino arábigo andaluz de evanescencias majariegas y rozeñas, amarillo aéreo de la rosa. En el color y el trazo fino del dibujo de línea realizado con plumilla a tinta negra y mancha plana se conjugan pálidos y melancólicos ocres, ociosos y deliciosos turquesas, pacíficos y serenos bermellones, tenues y sutiles rosas, sombras azuladas, generosos cadmios y un blanco cal albañil con el que a veces cubre el vestido humano de los huesos: desnudos que, presos de la pasión y los sentidos, permanecen ahora mudos, silentes o ensimismados, pues de esa aparente desgracia e incómodo destino surgen los pliegues de la línea hacia dentro, y de ahí la sorpresa y el encanto. Palabras pintadas, arte literario y el poeta, sobrevolando con sus versos en el lienzo: "Humanos y divinos/ seres sientan su vuelo:/ el ángel en el cielo/ y Apolo entre los pinos…"
Las cosas que no son imposibles, no merecen la pena. Quizá parezca un simple juego de palabras, pero es la paradoja a la que debe enfrentarse todo artista honrado: si se puede hacer, no tiene ningún sentido intentarlo, sólo si es irrealizable. El resultado de una obra de arte, por mucho que haya sido meditada, nunca es completo, ni perfecto, y por esa razón Paul Valéry escribió que un poema nunca se termina, sólo se abandona; pero en la literatura, la música y el arte no hay peor cobarde que el que no se atreve a fracasar, el que se conforma con lo que está al alcance de la mano. Malditos sean.
Hay que tirar de lo inexpresable hacia esta mitad del más allá, darle forma y ponerle nombre aún sabiendo que sus nombres posibles son miles y acordarse de lo que decía el pintor y poeta Paul Klee: lo visible es sólo un ejemplo de lo real. Lo verdaderamente real es lo esencial, esa mezcla de la parte de dentro y de afuera de nosotros y lo demás que llamamos la vida. Hay que pintar cuadros no sobre un hombre triste, sino sobre la tristeza. No sobre una mujer solitaria, sino sobre la soledad. ¿Cuál es la forma de la tristeza o la expresión de la soledad? La que le dieron Velázquez o Edward Hopper, podría contestarse, y uno no estaría diciendo una mentira. ¿Cómo se puede meter en la red que es un poema o un cuadro la mariposa de la felicidad o, pongamos por caso, el insecto oscuro de la desesperación? Pintando el interior de las cosas, haciendo de cada cuadro no algo para ser mirado, sino para reconocerse, para que el que lo vea se vea por dentro, de algún modo.
Pablo del Pino se propone pintar la fugacidad. La fugacidad, es una palabra en la que está metido todo el dolor y la angustia de la existencia: las cosas se nos escapan, por Dios santo, se van entre los dedos como si fuesen de agua. Pero también es una palabra que puede contener el optimismo. ¿Optimismo? ¿Pueden ser optimistas unos seres que se saben condenados? Bueno, pues digamos, entonces, todo el optimismo que es posible atesorar sin llegar a ser idiota. Yo creo que Pablo del Pino quiere pintar la fugacidad y por eso muchos de sus personajes están corriendo: corren para aprovechar el tiempo y persiguen cosas inalcanzables; que, por cierto, también son las únicas a las que vale la pena intentar alcanzar. Corren porque huyen y porque buscan.
He hablado de personajes y quizá debí decir sombras. Doblepé pinta esbozos, ejemplos, seres transparentes que no son nadie concreto, por lo cual pueden ser cualquiera. Son seres vacíos, lineales y en blanco y negro, que es el color de los sueños y, por lo tanto, de los símbolos. Son cuerpos que e internan por senderos y entre telarañas, que intentan salir o entrar de laberintos y, en su carrera, se contagian y tiñen del color de las cosas, el mundo exterior los mancha y quedan heridos de verde o naranja. En definitiva, logran quedarse con un poco de ese agua del que hablábamos entre las manos. Vivir es todo lo que quepa en la palabra ahora.
He dicho que los personajes de Pablo del Pino eran todos y nadie. Por eso se repiten y nunca estamos seguros de sin son muchos, seres diferentes unificados por la verdad última de las cosas, o uno sólo que se multiplica y es una metáfora de la cantidad de personas que pudo ser cualquiera de nosotros, todas esas personas que había cuando estábamos en el kilómetro cero de algo: para dónde y hasta dónde voy, con quién, por qué camino... Si se piensa, cada vida es como una cifra en la que algunos números permanecen y otros han sido tachados.
Intentar pintar la fugacidad es de locos. Bendita locura. Qué hermosos cuadros los de Pablo del Pino, a la vez sencillos y complejos, porque en la claridad de sus líneas está definida toda la oscuridad de la existencia. Y toda su luz. Y todo su cansancio. Estar cansado tiene plumas, escribió Luis Cernuda. Por alguna razón, me parece que estos cuadros concordan de manera perfecta con ese verso. Qué sutilidad.
A principios de los años 80, Pablo y Carlos se conocieron en Palma de Mallorca; traicionaría a estos dos amigos si me olvidara de Rafael, que era, y seguro sigue siendo, un tipo generoso y, en consecuencia, contagiosamente feliz. Eran de una juventud reventona y fueron felices. Carlos tenía un poso rural y provinciano que Pablo procuró pulir, siempre con respeto, con un respeto no exento de humor. Pablo fabulaba con toda clase de ideas que Carlos escuchaba paciente; lo mismo componía una canción que escribía una obrita de teatro o pintaba un cuadro aprovechando los restos del protector de un colchón. Hasta aquí la borrosa memoria de la que solo queda a salvo un cuadro en el que dos jóvenes hombres aparecen desnudos, tendidos al sol en la terraza de un edificio abandonado; separados los cuerpos por un paquete de “Fortuna”. Luego, nada, salvo que, recorridos nuestros respectivos laberintos, nos volvemos a ver, ahora, en este folleto explicativo que tienes entre tus manos y que acompaña una nueva Exposición de Pablo del Pino Sansegundo; un trabajo que me resulta fascinante porque fascinante es la naturaleza humana y tanto más por el deseo de Pablo por dignificar al hombre en estos terribles tiempos.
Un conocido mío que se mueve en esto de la plástica me ha dado unas rápidas lecciones que pudieran ayudarme a escribir éstas líneas y con afán reductor, porque quizá el lector no disponga de mucho tiempo o, a lo peor, pudiera distraerle de lo principal, voy a reproducir alguna. La primera y más importante es la que, en síntesis, afirma que el arte debe ser la expresión de una idea; de modo que la idea es su alma y el alma, al materializarse, constituirá siempre su forma, la forma de la obra de arte; de manera que la idea es, en cierto modo, su materia; por eso se dice que la obra de arte es la idea expresada que se transforma en idea artística; al mirar una obra se impone fijar la atención en la idea y en su necesidad y esta última exigencia nos conduce irremisiblemente al contexto vital del artista, “realmente el arte no existe, sólo hay artistas” y éstos no pueden escapar de su realidad.
La segunda lección habla de la belleza. Sobre la belleza se afirma que es un concepto volátil por lo variable de los gustos y de los criterios que se tienen en cuenta para evaluar esta propiedad de arte.
La tercera y última se centra en la expresión del cuadro; la expresión va unida al sentimiento que expresa la composición. Esta necesidad expresiva no siempre resulta de fácil compresión para el que contempla la obra de arte y a veces son necesarias otras estrategias para alcanzar a comprender el sentimiento del autor; destrezas más íntimas.
Idea, belleza, expresión. Pablo ha utilizado los pinceles para reflexionar sobre los misterios de la vida, su pintura nos hará reflexionar, directamente y sin concesiones, sobre los conflictos internos del hombre, sobre la vida con toda su complejidad existencial. Mi amigo Pablo nos enseña que ante ese sentimiento de grave orfandad, el hombre que reflexiona sobre su naturaleza no está solo y que los temores no deben superarnos; la magia de su paleta, es pues, a mi modo de ver, la esperanza ante la vida y como hombre comprometido nos lleva de la mano por su propia experiencia vital y nos asoma al vértigo de la naturaleza humana; su pintura, al margen de tendencias, se centra en el hombre, el hombre es la idea y el alma de esta exposición; en sus cuadros me veo, te verás, consciente de la totalidad que formas con otros hombres, consciente de tu sustitución y de tu continuidad en mas generaciones que te avanzan inexorablemente con la precisión de un metrónomo.
En la búsqueda espiritual está la belleza; el alma humana siempre aspira a conocer más sobre su realidad y busca respuestas que solo encontramos en el contacto con la vida; Pablo no garantiza nada pero, con la luminosa calidez con que sus cuadros acompañan los avatares del hombre, nos ofrece la posibilidad de redimirnos y de asumir la realidad de nuestro propio destino. Podremos comprender el sentimiento de esta obra si examinamos nuestra propia experiencia vital y eso nos va a ser fácil porque los problemas reflejados por el autor son los nuestros.
Por primera vez supe lo que era una primavera cálida y especiada con toda clase de aromas; los días eran luminosos, con una luz que te invadía el alma, éramos invencibles y el tiempo corría a nuestro favor.